Alma llena, corazón contento
A mi viejo no le tocó en suerte viajar mucho. «Quedará para después», decía, en un después que jamás llegó.
En los tiempos de la «plata dulce», cuando algunos chicos parecían ir a Disneyworld con la misma facilidad con la que íbamos al Italpark, y cuando el sueño del adulto era viajar para clamar «déme dos», no era ese el viaje soñado por mi papá: las compras por las compras mismas, el materialismo vacío, claramente no eran lo suyo. No lo llenaba ese concepto. Su viaje soñado era de descubrimiento, de conocimiento.
Tres grandes viajes le tocaron en suerte. Dos por trabajo (la gira por América en 1975, incluyendo tocar con Benny Goodman, y la Feria de Sevilla en 1992), y uno por placer.
Ese viaje de placer, que duró nada menos que dos meses, era eminentemente cultural: Europa (occidental, ya que eran tiempos de Guerra Fría, si bien ya estaba entibiándose), Israel y Nueva York.
En su viaje, que fue el segundo en el que sus hijos no estuvimos incluidos (hasta nuestra adolescencia siempre las vacaciones eran familiares) me tocó coincidir con mis padres en Israel, por unos días. A nuestro regreso, recuerdo, me mostraba una a una las fotos del viaje, y me decía que en el momento adecuado tendría la ocasión de viajar y conocer; que esas eran cosas que no se exhibían, sino que se llevaban en el interior. Claramente, en contraposición con los viajes exhibicionistas de los que hablaba al principio.
Cuando hace un tiempo surgió la posibilidad de viajar a Nueva York, sabía que me tocaría justo en un día como hoy, en el que se cumplen 20 años de la muerte de mi viejo.
Dudé mucho de si irme en esta fecha. Pero recordé aquella frase de mi viejo, la de las sensaciones que se llevan en el interior. Y otra frase que usaba muy seguido: que no le gustaba destinar flores a los muertos, que para él las flores eran para los que estaban vivos y podían disfrutarlas. Nunca quiso, ni permitió, que nadie paralice sus vidas aun durante su prolongada y dolorosa enfermedad. Sí, el cáncer, esa enfermedad a la que los medios temen nombrar como si mencionarla fuera contagioso.
Elegí ir esta noche a decir el kadish por él en un templo de esta ciudad de la que él me había hablado maravillas. Pero no por lo deslumbrante y las luces de neón: por lo que significa. Que es, también, mucho de lo que mi viejo fue: arte, cultura, conocimiento, en síntesis, luz. Pero no de las luces que brillan por fuera, sino de las que iluminan en el interior.
Hoy, cuando hablaba con mi hijo (que lleva su nombre, en homenaje) me descubrí diciéndole algo similar a lo que, hace 27 años, me decía mi papá al contarme minuciosamente sus vivencias.
Los que nos conocen (a mí y a mis hermanos) saben que para nosotros papá fue algo más que un padre. Fue (y aún es) alguien inimitable, una guía, un camino, una luz que nos indicaba por dónde ir. Dónde está lo correcto y dónde no lo está. Ese concepto quizás para muchos demodé de la ética que se ejerce, que no se declama. Y que ha sido, aun 20 años después de su partida, un faro incluso en tiempos de oscuridad y dudas.
Estás acá, con los que te queremos y recordamos tus enseñanzas, tu modelo, tu guía.
Sin embargo, te sigo extrañando como el día que te fuiste.

