Google en casa
Luego de un extenso periplo en barco por Centroamérica y Sudamérica, pasando por países como Panamá, Perú y Bolivia, mi papá llegó con mis abuelos y mi tía a la Argentina. El resto de su familia se instaló en Montevideo y en Sao Paulo. Llegaron a Buenos Aires cuando él tenía unos 6 años y se instalaron en el barrio límite entre Belgrano y Núñez, sobre la Av. Congreso y la vía del tren, hoy un barrio residencial de los más lindos que tiene la ciudad. En aquél entonces, Belgrano era uno de los lugares elegidos por los inmigrantes alemanes, que siempre se nucleaban por la cercanía de sus orígenes.
Con esa edad, mi papá tenía que ir a la escuela, a primero inferior. No hablaba una palabra de castellano, pero intuyo que habría otros chicos en su situación y con su inteligencia no iba a tener problemas de adaptarse. No los tuvo, de hecho, desde el punto de vista académico: rápidamente se destacó respecto de sus compañeros. Aprobó fácilmente su primer curso (comparto el certificado, increíble pero lo tengo!!) y los siguientes. No pudo ser abanderado porque no era argentino, aunque sí lo honraban con la bandera de la Ciudad, que no tenía ese requisito.

Socialmente, la situación era más compleja. Debía soportar las cargadas propias de los niños por no hablar bien el idioma, con el consabido y doloroso “Alemán, culo de pan”, tan inocente ahora que mueve a risa, pero que resultaba la versión del peor bullying de los años ’40. Logró sobreponerse a eso también, había pasado épocas más difíciles exiliándose de su casa natal en Leipszig.
Una de las primeras preguntas que le hicieron y no supo responder, era la clásica “De qué cuadro sos”, que no podía quedar sin respuestas en un país que siempre vivió tan intensamente el fútbol. Recuerdo que me contó que la primera vez que le hicieron esa pregunta, contestó “De la otra cuadra”, pensando que le preguntaban por su dirección. Aclarado el malentendido lingüístico, la respuesta inmediata era “No sé”, porque intuyo que para esa época ni siquiera identificaba ese deporte.
Había que elegir un equipo y se encontró con dos casualidades históricas: la reciente inauguración del nuevo estadio de River Plate, en 1938, que ahora quedaba muy cerca de su casa, y la aparición de “La Máquina”, un equipo histórico de River que jugaba espectacularmente bien y salía campeón casi todos los años. Su elección fue libre, sin influencias de hermanos mayores, padres fanáticos o tíos boicoteadores: se hizo hincha de River primero, de fútbol después.
Su elección influyó en muchas otras personas: sus tres hijos nos hicimos muy hinchas de River (y esposas, porque no les quedaba mucha alternativa) más cuñados, sobrinos y hasta los 7 nietos que nunca llegó a conocer. Tenemos en la familia de los fanáticos y los moderados, de tablón y de platea, pero todos influidos por el mismo precursor.
Sin embargo, su elección no fue tan libre para algunas cosas más importantes. Tenía una pasión de adolescente por la música, pero en su casa lo obligaron a estudiar lo que no le gustaba. Como pasaba en ese entonces, los hijos lo hacían a regañadientes y entre quejas, pero cumplían el mandato familiar. Uno de los estudios “obligatorios” que tuvo que cursar fue el seminario de maestros de la AMIA, del cual fue finalmente separado por sus permanentes inasistencias. Comparto una carta que le envió el director del Seminario a mi abuelo, Moisés Mames, en el año ¡1947! y que encontré por casualidad mientras buscaba unos papeles en lo de mi mamá. Está escrito a máquina y en Idish, la mayoría no lo va a entender pero básicamente lo citan a mi abuelo para tener una reunión para después comunicarle que se quedaba libre. No debe haber sido lindo momento para mis abuelos. Pienso en la increíble casualidad de que trabajo en la AMIA y mi oficina linda con el Vaad Hajinuj… quizás hoy podría charlar con alguien para que revisen la situación. O mejor no, parece que fue la forma de dejar de hacer eso que no le gustaba.

El otro estudio obligatorio fue la carrera universitaria. Mi papá eligió la Licenciatura en Química, que le gustaba, pero por él se hubiese dedicado a la música, cosa que después hizo. Empezó con buen ritmo mientras además estudiaba oboe y corno inglés, participaba de orquestas juveniles y se codeaba con el mundo de la cultura floreciente de Buenos Aires. Con la carrera del “mandato”, ya no tenía más química. Se tomó más años de los previstos en el plan de estudios, pero finalmente se recibió. Unos años antes de graduarse se enteró que ser químico le implicaría casi seguro levantarse muy temprano a la mañana para ir a una planta industrial lejos de su casa y se dio cuenta que esa vida no era para él.
Sus estudios tuvieron pocos efectos prácticos que aún conservo. El primero, lo comparto en una foto ilustrativa: los sachets de leche y packs de tetra brick los agujereo de los dos lados, porque mi papá me enseñó que de un lado sale el líquido y del otro debe ingresar el aire. Simple como suena. Si no se hace, el sachet se empieza a desinflar y queda chupado y el “tetra” empieza a encabritarse, provocando indeseados estragos higiénicos. Es cierto que uno no manipula agua pesada o cianuro, pero la costumbre quedó.
Otro aprendizaje es que ninguno de mis hermanos llamamos “humo” al vapor: fuimos corregidos hasta el hartazgo por mi papá, sobre todo cuando la pava daba muestras de haber levantado temperatura. Eso no es humo, porque ahí no hay combustión. Y yo tomo venganza con mis hijos, como en el Fort-Da de Freud.
Un frasco gigante de color marrón, como los de las viejas farmacias, sigue en la casa de mi mamá con el inmortal cartel que reza “Toluol”. Sólo en mi casa había toluol y nosotros sabíamos para qué servía. Es el solvente del Poxi-ran, el del olor estimulante. Teníamos una botella gigante en casa para ir diluyendo la lata del “poxi” cuando el soluto se quedaba sin el solvente. Una lata podía durar 25 años en mi casa. Quizás la frase que podría acompañar esto es que “no es bueno que el soluto esté solo”, pese a que su nombre parece indicar lo contrario. Y si bien una botella así en manos de adolescentes podía haber sido utilizada para muchos viajes francamente alucinantes, la verdad es que jamás lo consideramos siquiera como posibilidad.
¿Más ventajas de semejante carrera universitaria de una ciencia dura? Para mi papá muy pocas, para nosotros un montón. Teníamos un profesor de química, física, biología y matemática en casa, además del de castellano, literatura, lenguas extranjeras, historia y muchos etcéteras que conté en otras historias anteriores. Creo que salvo de educación física, podía enseñarnos todo con muy buen nivel. Estudiar en casa era un lujo, porque teníamos todo el conocimiento al alcance de la fórmula “Pá + la pregunta”. Mi papá era una verdadera enciclopedia viviente. Después de muchas preguntas nos decía “agarrá el ‘mataburros’ que no muerde, pibe”, como había hecho él para aprender todo lo que sabía, pero finalmente terminaba contestándonos todas las consultas.
Hoy mis hijos me preguntan cómo hacíamos para vivir sin la compu cuando éramos chicos. La verdad es que no entiendo la pregunta, era mucho más fácil antes porque no hacía falta ni tipear la consulta: los Mames teníamos a Google en casa.