El reino del revés

Una vez, ya en la facultad, le pregunté a mi papá cómo había sido su niñez: ser niño en la Alemania nazi, en la que vivió hasta que escapó con su familia rumbo a la Argentina. Y él me lo contó. E hizo algo más ilustrativo todavía: consiguió un ejemplar de un simpático libro de cuentos de su infancia, en Alemán, que conservo conmigo, llamado “Der Struwwelpeter”, del escritor y psiquiatra (?) Heinrich Hoffmann. Lo buscó por todas las ferias de libros usados hasta que dio con él, exactamente el 14/5/1991 según consta en el recibo que conservo (porque lo guardé, ya conté de dónde viene eso).
La traducción del libro podría ser “Pedro el desgreñado” (así lo tradujo mi papá), también “Pedro el desaliñado” o “Pedro Melenas”. Se trata de pequeñas historias en verso, que incluso tenían su propia música, bastante diferentes a “El twist del Mono Liso” o “La Reina Batata” que acompañaron a mi generación y a las siguientes hasta ahora.
En este libro, todas las historias tienen un factor común. Hay un personaje, niño en general, que desobedece las advertencias que recibe y le llega su merecido castigo por ello. Las faltas son más graves o muy menores, pero los castigos son siempre cruentos y desproporcionados. La muerte parece la más justa de las recompensas. Pareciera haber sido redactado por un jerarca nazi: el niño que sobreviva tres cuentos seguidos, ganaría una paleta y el certificado de “intraumable” para toda la eternidad.
Comparto algunas fotos para ilustrar lo que les cuento y para que vean que no exagero ni un poco. No quiero dejar de contar algunas de ellas según la traducción que recibí de mi papá, que como algunos sabrán era traductor de varios idiomas y por supuesto de su lengua materna (tengo una historia muy interesante sobre esto, la próxima).
Uno de los relatos es el caso de un nene que, desobedeciendo las advertencias, decide utilizar su paraguas pese al fuerte viento reinante. En la escena siguiente, el niño aparece volando por los aires y una frase explica que “se voló y nunca más se supo de él”. En otro cuento, una nena juega con fuego, pese a las advertencias de sus amigos, dos simpáticos gatitos. La nena insiste, se prende fuego ella misma y queda reducida a un cúmulo de cenizas, mientras los gatos lloran chorros de lágrimas sobre sus restos. Vean la foto ahora y después vuelvan al relato… vale la pena.
Todos los cuentos son así. Uno de los que más me impresionó es el de un nene que se resistía a tomar la sopa una y otra vez, lo cual le hacía perder peso cada día. Finalmente, en la última escena (o debería decir “La Última Cena”), el desgarbado infante yace en su tumba con la fuente de sopa encima, como recordatorio de su inapropiada conducta. Así era la Alemania nazi para un niño de 5 años. Eso sí, la música de los versitos era de lo más pegadiza.
Mis abuelos paternos, Moisés y Lea, no eran personas descuidadas con sus hijos. Pertenecían a una familia judía de clase trabajadora que vivió en Alemania para principios de siglo pasado y que también recibían la cultura del lugar, además de la familiar. Lo que uno mira con horror ahora, en ese momento quizás no parecía grave o se había naturalizado.
Recuerdo otra anécdota que me contó mi papá, en este caso del día que nació. Como todas las familias, un bebé venía al mundo en la casa, con la asistencia de un profesional que atendía el parto. Mi tía Bertel, hermana mayor de mi papá, tenía 5 años cuando nació su hermanito y si bien no presenció el alumbramiento, estaba en la casa en ese momento. Una vez finalizado el parto, vio al médico retirarse con un recipiente con sangre, lo cual obviamente la horrorizó. Para tranquilizarla, sus padres le explicaron que cuando la cigüeña llegó a la casa la había mordido a su mamá en el brazo y que por eso había perdido sangre, pero que se iba a recuperar.

Estas historias me ayudaron a entender a mi papá mucho más. Sentí pena por un lado, admiración por el otro. Me di cuenta de que él había hecho un cambio enorme entre lo que había recibido y lo que había brindado varios años después a sus hijos. Tan distinto resultó mi papá educando a sus hijos, que para su época era considerado un padre moderno, porque “ayudaba con las cosas de la casa” y con la crianza de los hijos como casi ningún otro. Cambiaba pañales, por ejemplo, algo que no era tarea fácil como ahora porque no había descartables. Y éramos tres bebés en casa. Imaginate, Hernán Chinski.
Mis hermanos y yo recibimos mucho de este “padre moderno” que se ocupaba de sus hijos. De mi, puedo contar que siempre me interesé por la educación de los chicos, al punto de que fui uno de los primeros maestros jardineros, hace ya más de 20 años, cuando eso no era nada frecuente. Ya para esa época, hasta pensaba que era extraño que un hombre “tercerice” con su esposa el privilegio de criar a los hijos: se trataba de una tarea que debía ser compartida y así lo había aprendido en mi casa. Hoy por suerte muchos piensan así, pero en su momento era revolucionario.
Ese no fue el único quiebre que hizo mi papá con respecto a los valores de su casa natal, pero sin duda fue el que más me influyó personalmente. Supongo que no sería el padre que soy si mi papá no se hubiese sido el padre que fue conmigo.
Creo que logró algo en verdad muy difícil: enderezó aquél “Reino del Revés”.