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Los Gadgets, la victoria silenciosa sobre la imperfección – Leo Mames: un lugar para recordarlo

Los Gadgets, la victoria silenciosa sobre la imperfección

Aatril de madera

Cargador solar. Ruedita para cortar la pizza. Rotuladores de vasos para las reuniones sociales. Escurridor de aceite para la lata de atún. Cubos de hielo de acero inoxidable para que enfríe la bebida sin aguarse. Adaptadores de 2 y 3 patas, planas, cilíndricas, 8 pines y de cualquier tipo, ida y vuelta. Sujetador de cables de compu. Medidor de carga de pilas. Digitalizadora de cassettes. Resistencia eléctrica para prender el asado. Amplificador de señal de celulares. Separador de claras y yemas. Estoy haciendo un inventario de los gadgets que tengo en casa y no creo que termine hoy.

Ser fanático de los gadgets es una linda herencia que también recibí de mi papá. Uno tiende a creer que estos adminículos que nos hacen la vida más sencilla (o simplemente, son lindos o creativos) nacieron hace pocos años. En realidad, hace poco se popularizaron, pero hubo siempre y mi papá fue uno de sus fanáticos precursores.

Tenía objetos muy raros. Uno de ellos, que tuvo poca difusión, fue un control remoto que no funcionaba infrarrojo sino con un cañito hueco, de goma, que se conectaba de un lado a una especie de fuelle y del otro, a la TV. Eso permitía cambiar los canales, porque uno apretaba el fuelle de un lado y mandaba una corriente de aire que empujaba algo en la TV y la hacía mover de canal. Una vez lo encontré en casa y mi papá me explicó cómo funcionaba. De no creer, ahora se cambian casi por telepatía. Otro objeto extraño que todavía uso cada vez que voy de visita a lo de mi mamá es un aparato para hacer agujeritos perfectos de distintos diámetros, sobre todo útil para cinturones de cuero cuando hay que agregar un ojal (en general, para el lado de “estoy más gordo”).

También tenía empalmadoras de casettes, cintas abiertas y video en 8 mm. Cuando se “engalletaban”, cosa frecuente, la batalla no estaba perdida. Comparto fotos de esto, eran aparatitos de lo más novedosos y se los traía de afuera, supongo que de alguien que viajaba porque él no lo hacía. De audio tenía casi todos los gadgets: una especie de barredora para los discos de vinilo, que iba sacando impurezas a medida que el disco giraba, es algo que recuerdo ahora. Tuvo los primeros auriculares inalámbricos, hace décadas, cuando hacer que la música viaje por el aire era sólo obra de la radio o de la magia. Tenía algún “técnico” que le conseguía novedades… lo disfrutaba.

En casa teníamos aquellos hielos redonditos de plástico con agua adentro, que cuando estaban congelados enfriaban la bebida al derretirse pero no se diluían. Mi mamá los conserva aún, ningún amigo mío los tenía en aquél entonces. También había una especie de peine que tenía en la base una Gillette (hojita de afeitar) que te cortaba el pelo mientras te peinabas. Hicimos gran cantidad de desastres con mis hermanos con ese ingenioso aparatito. Por suerte el pelo vuelve a crecer, una vez dejé a Gustavo con un corte muy parecido al descubridor de América.

Otro capítulo entero eran los gadgets vinculados a las traducciones. Ya comenté que mi papá dedicaba mucho tiempo a escribir, todo a máquina y sin corregir, con carbónico, los textos que remitía a las editoriales. Resulta imposible pensar cómo se hacía sin un procesador de texto. En aquél momento, un error equivalía a un papel en el cesto.empalmador de cintasÉl traducía a máquina directo, primero con una Adler, portátil, lue
go con una Remington y finalmente con la IBM eléctrica con la “bochita”, de esas que todavía se ven en algunas dependencias pública. Esas bochitas intercambiables hacían que pueda escribir con distintos “fonts”, algo muy avanzado para la época. Ante un error de tipeo, sacaba el papelito corrector que anteponía a la letra, volvía a tipear y se borraba la tinta (en realidad se tapaba, como si fuese el Liquid Paper que vino después). Para no perder la concentración al levantarse de su silla y para no andar a los gritos, había diseñado un intercomunicador cuya otro extremo encontraba a mi mamá, que usaban para hablarse si la puerta estaba cerrada. Estamos hablando de los años ’60, me vuelve loco pensarlo. Otra cosa rara que tenía era un atril de mesa para apoyar los libros, con dos patitas para sostener las hojas en la página elegida, y una plancha de metal que se ponía detrás de la hoja seleccionada. Sobre eso, varios imanes que servían de señaladores de renglón. Tengo un atril de esos de madera muy bonito, que conservo y no uso, cuya foto también acompaño, regalo de mi tía Bertel (su hermana).

perforador manual

Mi papá era muy fumador: probablemente consumiría unos 50 cigarrillos por día. Es una de las cosas que le critiqué mucho en vida y aún hoy sigo lamentando. Fue víctima de un vicio que parecía inocuo hace algunas décadas atrás y hoy es el conocido culpable de la muerte de muchísimas personas. Para esto, también tenía un gadget: su cenicero era un recipiente rojo redondo con un botón arriba, que giraba rápidamente al presionarlo y se llevaba la ceniza y la colilla por fuerza centrífuga. Como un Koinoor de cigarrillos. Hace poco encontré en un negocio uno muy parecido (no había en esa época, de hecho se le rompió varias veces y vivía reparándolo) y me lo llevé, comparto la foto. Este que tengo en casa lo compré como doble recuerdo: por su mecánica y porque la base imita al cubo mágico, juego que mi papá aprendió a resolver y luego me enseñó a hacerlo a mí también, una habilidad totalmente inútil que llevo con mucho orgullo.

La filatelia era otra de sus pasiones, también con gadgets: tenía un aparatito único, rectangular, de color verde, que era un humidificador de sellos postales y que permitía separar la estampilla del papel sin que se rompa. La “vieja usanza” era poner la pava y echar vapor a la estampilla, pero él la dejaba a la noche y las sacaba separaditas al día siguiente. También había conseguido unas tiras de plástico con una solapa transparente, de diferentes tamaños, que permitían guardar muy bien conservadas las estampillas de acuerdo a su tamaño. Antes, tenía unas bisagras que se pegaban al “lado b” de la estampilla y que iban a los álbumes gigantes, con hojas de papel manteca como separadores.

cenicero cubo magico

A esta altura, luego de nombrar tantos gadgets antiguos que resolvían problemas cotidianos que hoy no existen, quien tenga menos de 30 años pensará que estoy contando historias contemporáneas a Tutankamon. Pero juro que todo esto existió hasta hace no tanto tiempo y eran todas cosas muy innovadoras.

Mi papá era un adelantado en cuestiones tecnológicas. No le interesaba tener un centro musical más moderno o una TV más grande y aparatosa. Su pasión por la tecnología tenía que ver con resolver los problemas de la vida cotidiana, las pequeñas fallas de un mundo que para él debía ser perfecto.

Cierro con una anécdota que involucra a otro gran escritor que mi papá llegó a conocer: Ernesto Sábato. Él asistía casi todos los viernes a reuniones de grupos de intelectuales, que se organizaban pseudo-informalmente en la casa de Julio Kacz, un gran amigo suyo. Allí asistían numerosos personajes de la cultura y entre ellos alguna vez estuvo Sábato. Me contó que en una charla, supongo que todavía antes de que yo naciera, hablaban sobre si la naturaleza era sabia o no y Sábato afirmaba que de ninguna manera, citando el siguiente ejemplo, más o menos con estas palabras: “La naturaleza no es sabia. Si lo fuera, yo tendría un ojo en la punta del dedo para poder buscar las cosas que se caen debajo de la cama”.

Quizás, la naturaleza es sabia, pero no perfecta. Nos dotó a las personas de la capacidad para pensar y resolver problemas, con otro don que recibimos que es la creatividad. El gadget representa una victoria silenciosa sobre la imperfección. Mi papá libraba esa batalla cotidianamente, yo lo hago hoy con el mismo espíritu pero buscando en Amazon y en Ebay (si hay, con free shipping).

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