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Ordem e progresso – Leo Mames: un lugar para recordarlo

Ordem e progresso

cassettes leo mames

Quienes me conocen, o vieron un escritorio o mi placard alguna vez, saben que soy una persona muy ordenada. Para algunos, exasperantemente ordenado y metódico. El que trabajó conmigo, que mejor haga silencio. Y tengo claro de dónde lo saqué: viene del lado paterno. Y quienes conocen a mi mamá pueden confirmar que definitivamente no es por allá donde hay que buscar. No es ni bueno ni malo, es de esa manera.

Así como en las revistas Patoruzú aparecían las publicidades que decían “Yo era un alfeñique de 44 kilos” y Charles Atlas se transformaba en un musculoso adonis, yo podría decir “Yo era un despelotado nene de primaria”. Poca gente lo sabe, pero yo fui a una psicopedagoga cuando tenía 8 o 9 años porque era muy desordenado. Hoy suena a chiste, pero es cierto. Se podría decir que a la licenciada se le fue un poco la mano, o que fue extremadamente eficaz en su misión.

La psicopedagoga era Liliana Vicentini, quien en ese momento estudiaba también psicología. La vi muchos años después porque, por esas vueltas de la vida, fue mi primera profesora de la facultad, cuando cursé Psicología Genética allá por 1990. Ella se acordaba del “Caso Sergio Mames” (como hubiera bautizado Freud, Sergio N., le corría una letra al apellido). Yo también la reconocí, para mí era más fácil. De hecho, me confesó que contaba una anécdota mía como paciente. Por suerte para mi, el “caso clínico” me dejaba bien parado, era de una resolución positiva de un problema… la materia se presta para eso.

Lo cierto es que yo era muy desordenado: perdía las camperas, las mochilas y no copiaba nunca nada del pizarrón. Mi papá iba a diario a la casa de Marcos Cohen, con quien compartía el Mariano Acosta y el Peretz, para traer su cuaderno, que yo lo copie y se lo devuelva a la mañana siguiente… si no lo perdía. Un desastre. Si alguna madre tiene este problema con su hijo, recuerden que hay esperanza. Y que sepa que el pibe se les puede pasar para el otro lado. Están a tiempo de elegir qué les parece mejor.

Con los años y el tratamiento, empecé a parecerme más a mi papá. Él tenía metodologías para todo, era extremadamente organizado. En eso, era alemán de pura cepa. Clasificaba los clavitos por tamaño, ordenaba los billetes por su grado de deterioro para gastar primero los viejos, que le ocupaban más espacio en el bolsillo, tenía clasificaciones de todo tipo para libros, cassettes (tengo una historia aparte para contar, lo merece), discos de vinilo, cintas abiertas, partituras y lo que se les ocurra. Invertía mucha energía en guardar las cosas con una lógica determinada que le permita encontrar rápido lo que buscaba. Era impresionante, porque lo lograba siempre. Nunca le escuché decir “tenía algo de eso, pero debe estar en algún lado”. Simplemente iba y lo tomaba de “su lugar”. Comparto algunas fotos para ilustrar la idea, eran todas cosas de mi papá que aún están como las dejó.

Orden Leo MamesDiscos Leo Mames

Algo parecido hacía con las ideas. Tenía trazados mapas mentales que le permitían asociar las ideas por algún criterio determinado, siempre lógico, y luego se le hacía más sencilla la evocación. Así, parecido, funcionaba con los chistes, como conté la última vez. Quienes lo conocían, se sorprendían de la “memoria de elefante” que tenía. Para él, no era gran cosa: simplemente, tenía un método de guardar y luego ir a buscar.

Lo extraño es que mi papá era también un artista. Era músico. Tenía la sensibilidad que tienen las personas que disfrutan de cualquier manifestación artística como lo es la música y también la pintura o la literatura. No tenía ni una pizca de lo aburrido que resulta el que organiza cajitas por tamaño. Hablar con él era un placer para cualquiera porque no solo era culto sino que también era versátil, las aristas convivían. Pero esencialmente, era una persona muy metódica y organizada.

Muchas de sus métodos de orden los adopté como propios, en ese proceso que tenemos todos los hijos de imitar a los padres para hacer las cosas como ellos. Eso, mientras la psicopedagoga terminaba de perfeccionar al monstruo. Diría que hoy tengo mi propio modelo, lo fui construyendo. La computación ayudó también, se hace todo mucho más sencillo y se pierde menos tiempo.

Quien conoció a mi papá, seguro no se les escapó este rasgo de carácter. Y los que me conocen a mi, ahora saben de dónde lo saqué: mitad herencia paterna, mitad «fundamentalismo psicopedagógico».

Y los dejo por hoy. Tengo que escanear unos comprobantes de pago que me quedaron pendientes por si alguna vez alguien me reclaman una factura impaga. Algo que nunca ocurre, pero que si pasa… no saben con quién se metieron.

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