El día de la madre es también el día del padre
Cada día de la madre, como hace la mayoría de las familias, con mis hermanos homenajeamos a la nuestra, Beatriz Chinski de Mames. Aunque ella diga que “todos los días es el día de la madre” y hasta la sigamos felicitando con un irónico “Feliz día comercial de la madre”, el encuentro con regalito lo hacemos igual.
Hace 20 años, para mi el día de la madre es también el día del padre. Hay una razón histórica para que esto ocurra cada año y tiene que ver con lo que voy a contar, algo que pasó el tercer domingo de octubre de 1994. El relato será el más extenso de todos los de esta serie y contaré sólo lo más importante.
Mucha gente sabe que mi papá estuvo enfermo un tiempo, algunos conocen más o menos detalles de lo que pasó, pero la mayoría no los sabe. Creo que vale la pena compartir la historia ahora, que estoy recordando a mi papá.
El verano del ’93 nos enteramos que mi papá tenía cáncer de próstata. Mis hermanos y yo nunca supimos bien los detalles y tampoco intuimos que era tan grave porque nuestros padres se encargaron de protegernos contra lo que se venía. Nosotros siempre tomamos las noticias con esperanza, aunque tanto mi mamá como mi papá sabían que el tiempo que le daban los médicos era de un año aproximadamente. Terminaron siendo casi dos, en los que pasaron muchas cosas en las que, reitero, voy a contar sólo lo que me parece muy relevante.
Si bien el nivel de agresividad del tumor era muy grande, había una esperanza porque no era el más agresivo de todos los descriptos. El valor del PSA (la sustancia que se ve aumentada en esta enfermedad) tenía que ser hasta 4 ó 5 para valores normales y hasta 20 ya eran malas noticias. Mi papá tenía un número elevadísimo, de cuatro cifras. Con el tratamiento de quimioterapia y rayos lograron bajarlo sensiblemente, pero nunca a valores normales. Nosotros, siempre abrigamos la esperanza de que pase la crisis y se recupere totalmente.
El plan de mis padres era que la vida continuara con la mayor normalidad posible. Mi papá no quería que nosotros modifiquemos nuestras rutinas por su situación: quería evitar casamientos apresurados, graduaciones fuera de tiempo y ni hablar de nietos. Al declarársele la enfermedad yo tenía 21 años, trabajaba en el Natan Gesang como maestro de jardín y promediaba la carrera de psicología.
Todo fue más o menos como mis padres lo habían planeado. Fuimos viviendo normalmente mientras mi papá pasaba por visitas médicas, tratamientos y análisis varios. Pero la cosa empeoró hacia el inicio de 1994. Si bien la medicación fue reduciendo algo el cáncer, su estado de salud empeoró principalmente por las metástasis óseas, que le habían producido pinzamientos en las vértebras de la columna y le provocaban dolores insoportables.
Ante la enfermedad, cada uno de nosotros fue tomando diferentes roles. Había que acompañar a mi papá a hacerse estudios, retirar resultados, etc. Cada uno hacía su parte. Esto ya no recuerdo bien si fue espontáneo o planificado, pero en algún punto cada uno se hizo cargo de una parte del problema y entre todos ayudamos en lo que se necesitaba. Mi mamá coordinaba todo, fue un gran aprendizaje que tuvimos de ella. La mayoría de las consultas eran en el Hospital Israelita, donde mi tío Alberto Chinskiera jefe de servicio de ORL. Decíamos que teníamos “Chinski-card”, porque él nos abría todas las puertas. Nos dio una mano que nunca alcanzaré a agradecerle. Jamás olvidaré la ayuda que le dio a mi papá y a todos nosotros, son de esos gestos que simplemente no se olvidan.
A mediados del ’94 a mi papá lo operan de la columna para aliviarle la presión de las vértebras. Le hicieron un corte a lo largo de toda la columna, unos 50 centímetros supongo yo, que no le cosieron. Nunca entendí por qué no lo habían hecho, sólo sé que así lo decidió el cirujano, un médico que se especializaba en este tipo de patologías. El era muy católico, devoto de sus pacientes, de hecho había decidido dedicar su vida a ellos. Recuerdo que abría su maletín y tenía varias estampitas religiosas a la vista. Era el Dr. Gil, una persona muy amable, estilo Ned Flanders de Los Simpsons pero en el buen sentido.
Cuando mi papá regresó de alta de esa cirugía, tuvimos que instalar una cama ortopédica en el living de nuestra casa, porque él no podía movilizarse. Tenía indicado hacer unos ejercicios de rehabilitación para fortalecer los músculos y eso requería de nuestra ayuda. Los “personal trainers” éramos nosotros, recuerdo más a mi hermano Gus Mames en esa tarea. Otro de los “to do” era hacer una curación de la herida quirúrgica de la columna, que consistía en retirar todo el vendaje diariamente, limpiar bien con un antiséptico y volver a colocar las vendas sobre la herida abierta. Ese procedimiento lo hice yo. El Dr. Gil me preguntó si me animaba a hacerlo y si bien yo estudiaba psicología y estaba vigente aquél chiste de que un psicólogo es “un médico judío al que le da impresión la sangre”, sentía que podía hacerlo. O que debía, no sé bien. Era el que menos se impresionaba con esas cosas, así que tomé esa tarea.
El doctor me mostró cómo ponerme los guantes y mantener la esterilidad durante el procedimiento, cosa que terminé haciendo naturalmente a diario durante mucho tiempo, no recuerdo si fueron días, semanas o meses. Mi papá se ponía de costado casi boca abajo, yo retiraba todas las vendas, me ponía los guantes de látex, gasas, cortes, cinta… y listo. Recuerdo que otro día hasta tuve que aplicarle una inyección, cosa que hice una sola vez en mi vida y fue allí, a mi papá, porque precisaba calmar sus dolores. No puedo entender bien cómo hicimos con mis hermanos todo eso, hoy me resulta increíble pensando en que éramos realmente chicos.
Varias semanas pasó esa cama ortopédica en casa. Hasta que llegó el día de la madre, el domingo 16 de octubre del ’94. Mi papá se despertó y dijo que le gustaría comer asado. Achuras, para ser más preciso, porque se había inspirado en el asadito de una obra en construcción lindera que lo tentó durante la semana. Fuimos a un parrilla de la zona, no había delivery. Improvisamos una mesa familiar en el living, pero en otro lugar del habitual. Levantamos a mi papá de la cama y lo ayudamos a sentarse en una silla llena de almohadones, para que pudiera estar a la altura de la mesa no tan sentado, porque no podía sostenerse. Estuvo en la cabecera. Fue la última vez que comimos los 5 juntos. Lloro acordándome de esa escena. De emoción por haber logrado hacerlo, de tristeza porque no pudimos repetirla.
A los pocos días, vino el médico clínico que lo atendía y en una charla, sugirió que mi papá se interne porque tenía compromiso pulmonar y era posible que se ahogue en casa sin que podamos ayudarlo. Yo estaba al lado, oyendo pero no escuchando. Era difícil escuchar todo eso, no tenía una representación en mi cabeza de lo que se decía. El médico me miró fijo y me dijo, con crudeza y sinceridad: “¿Vos sabés que tu papá se está muriendo?”. Le dije que no, que no sabía. No lo entendí en ese momento, tampoco cuando pasó, tampoco mucho tiempo después.
Lo internaron en el Hospital Israelita al día siguiente, o al otro, de nuestro último almuerzo familiar por el día de la madre. Estuvo una semana allí, en una habitación común. El desenlace era evidente para todos, aunque no para mi. El 24 de octubre salí de la Facultad muy tarde a la noche, desde la sede de Independencia al 3000. El Hospital quedaba muy lejos, pero tuve una corazonada y me tomé el colectivo para ir a verlo. Lo saludé, charlé algunas palabras y me dijo “chau pibe”, como solía decir él. Le di un beso y me fui.
Me sentía mal, aunque no era consciente de la gravedad. Lo llamé a mi amigo Martin Azubel, le dije que quería encontrarme con él y tomamos algo en un bar, ya que vivía por la zona. Le dije que me resultaba raro que no le cerraban lo de la espalda, que lo veía cada vez peor… que algo andaba mal. Recuerdo que dije que no estaba preparado para esto, que uno nunca está. Lloramos los dos. Me fui a dormir, a la mañana siguiente fui a trabajar al jardín y cuando volví al mediodía me contaron lo que ya sabía y que nunca quise saber.
El día de la madre fue el último momento compartido de los 5 integrantes de mi familia. Vinieron otros momentos muy lindos después: graduaciones, casamientos, nacimientos… de todo. Mi papá no quiso que apuremos nuestros tiempos, mi mamá hizo honor a su pedido y lo sostuvo como es ella, con todo el amor y la paciencia que solo ella tiene. Tengo una gran admiración por mi mamá desde ese momento, por todo lo que pasó y lo que hizo con eso. Ella tenía 54 años y también “era chica”.
Por esto que les conté, para mi el día de la madre es también el día del padre.
me hicieron llorar mucho.,pero se que Leo ,donde quiera que este,se debe sentir muy orgulloso de ustedes.No pude dejar de recordar muchos momentos compartidos,el llevarlos y traerlos al shule,las reuniones de padres.No puedo evitar la nostalgia,y me pregunto,como paso la vida tan sin darnos cuenta?
Gracias, Chiche! Muchos años de lindos recuerdos! Saludos a la familia!!