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Los valores de papá – Leo Mames: un lugar para recordarlo

Los valores de papá

LEO MAMES Y GUS MAMESMañana se cumplen veinte años de la partida de este mundo de mi viejo, de Leo Mames. En este último mes, estimulado por los «aniversarios redondos» y por todo lo que fue escribiendo mi hermano Sergio en Facebook (que podés leer en este mismo blog), tuve la oportunidad de pensar y también conversar con mi gente querida sobre mi papá. Pero no sólo sobre lo que hizo, sino también sobre su legado.

Ante la muerte, muchos pueden decir «Papá nos dejó». Pero no sé si todos pueden decir esa misma frase refiriéndose a todo lo que nos dejó desde el punto de vista de los valores personales.

Cuando digo que «nos dejó», por supuesto que tampoco me refiero al dinero: hablo de esas cosas que marcan nuestra personalidad, que nos permiten encarar el mundo y vincularnos con los demás. En eso también mi viejo me dejó una infinidad de modelos que voy a tratar de ir desmenuzando en estas líneas.

La justicia. Era raro ver a mi viejo enojado, peleando por algo a los gritos, y mucho menos pelear físicamente. Su lucha era más bien de índole filosófica, y con tendencia a ser silenciosa. Podía argumentar, encontrar el camino con las palabras y, al final, si no se resolvía como le parecía justo, creer que las cosas se irían ajustando según derecho. Podían pasar treinta años del conflicto y ponerse contento porque algo por lo que él había peleado hacía tres décadas se había resuelto como él pensaba debía ser muchos años más tarde. Creo que eso que él sentía era lo correcto, también le hizo mal: guardaba en su interior todas las angustias. Pero así era él. Si alguien te pegaba en el colegio no te estimulaba a devolverle. Había que resolver las cosas hablando.

El dinero. Recién hablé de lo mucho que nos dejó mi papá, y que eso no tenía que ver con una herencia material, sino conceptual. A mi papá no le interesaba la plata como objeto de culto, ni siquiera para vivir mejor. Ganar plata era sinónimo de guardarla para los que venían y para tiempos difíciles. Así lo hizo su papá con él, y así él quería hacerlo con nosotros. No le importaba comprarse ropa. De hecho, creo que lo único que le interesaba era que las «partes de arriba» (camisa, chomba o remera) tuvieran un bolsillo superior para guardar el atado de cigarrillos. Tampoco le importaban los autos (tuvo su primer coche a los 42 años, más por un tema de organización familiar que por una necesidad personal). De vacaciones, se iba donde se podía más que donde se quería. Hizo un solo viaje turístico «importante» con mi mamá a los 52 años (Estados Unidos, Europa e Israel), y siempre pensó que los gastos los iba a hacer «más tarde». Ese día nunca llego, y eso también me enseñó que guardar es genial, pero gastar también.

La coherencia. Como lo indicaba su seteo mental, ser coherente era parte de ser ordenado. Era lógica pura. Como les contaba respecto del dinero, mi papá criticaba a los que anteponían lo material a lo espiritual. En la época de la «plata dulce» donde todos viajaban, él no. Era militante de sus pensamientos. Detestaba a los ventajeros, a los superficiales, a los deshonestos, a los corruptos. Seguro que la muerte lo salvó de ver lo peor de la clase política argentina, que empezó en los noventas y nunca paró de empeorar.

La humildad. Cualquier persona normal, con la mitad de sus habilidades, podría haber sido pedante hasta el cansancio. Pero mi papá estaba parado en la vereda de enfrente: se permitía sugerir ideas geniales sin hacer demasiado espamento, podía escuchar la opinión del otro y conversar aún sabiendo que tenía razón… Cosas que hoy no abundan, él las tenía de sobra. Desde su apariencia, mi papá también era un tipo sencillo. Se vestía con lo que había, sin importarle las marcas, precios ni estatus. Y lo hacía todo caminando: vivíamos en el centro de Buenos Aires, y todo le quedaba «más o menos cerca». Así que era normal para él caminar cincuenta cuadras por día. Eso, pese a fumar dos atados de cigarrillos diarios. No tomaba taxis, se manejaba con transporte público, y en esas caminatas podía detenerse ante un montón de basura porque había visto una tuerquita que le servía para arreglar una plancha vieja, o una radio que él podía reparar. «Juntás basura», le decía mi vieja, y él asentía orgulloso. Porque él era quien recibía los pedidos de arreglar electrodomésticos, libros, cassettes rotos o lo que fuera. Siempre lo hacía de buena gana y se conformaba con un simple agradecimiento. Los que me conocen bien, saben que camino más de setenta cuadras por día y rara vez tomo un taxi, o me ven llegar antes a mi oficina para limpiar, lavar los platos o cargar bolsas del supermercado porque quiero que todos tengan lo que necesitan. Mi papá nos enseñó que el «hágalo usted mismo» es una bendición y no una carga. Así, me veo a mí y a mis hermanos repitiendo estas costumbres una y otra vez, como una especie de homenaje a papá.

El altruismo. Algo que tampoco abunda en estos días. Pensar en el otro antes que en uno mismo. Seguramente eso fue lo que llevó a mi viejo a la muerte. Era muy poco egoísta: pensaba más en ayudar a otros que en cuidarse él mismo. De hecho, hasta que enfermó nunca se hizo un chequeo ni visitó un médico. Pero disponía de largas horas para solucionarle los problemas a los demás: desde ayudarnos a estudiar, hasta arreglar cosas rotas de otros, grabarle música a un conocido de un amigo, o conseguirle trabajo. Por eso mi viejo era tan querido, y no sólo por su familia, a la que le dedicó su vida. Mi papá enseñaba con el ejemplo. Y creo mis dos hermanos y yo lo aprendimos bastante bien.

El saber. Estoy seguro que pocos tuvieron el estímulo cultural que se respiraba en casa cuando yo era chico. En ese contexto era imposible no interesarse por algo. Las paredes del comedor de cada estaban literalmente forradas de libros de todo tipo e idioma, música y cuadros. Arriba de la tele había una reproducción de «Las Meninas» de Velázquez. Y En cada espacio medianamente libre, mi papá colgaba un cuadro: Van Gogh, Picasso y Degas eran sus preferidos. Valga esta anécdota para ilustrar el saber vinculado a la humildad: una vez le pregunté cómo podía saber si una obra de arte era buena o mala. Me dijo: «No sé. Sólo tenés que pararte delante de un cuadro y ver qué te pasa. Si te gusta eso que te pasa, entonces el cuadro es bueno.». Volviendo a la «decoración» de casa, en la biblioteca que iba de piso a techo y ocupaba unos cinco metros de largo, encontrabas desde la enciclopedia Colliers (que recibía anualmente con sus actualizaciones y en casa se esperaba como las medialunas calentitas en la mañana), hasta literatura latinoamericana a montones (Cortázar, Borges, García Marquez, Sábato y Vargas Llosa entre muchos), pasando por los clásicos en idioma original (Shakespeare included), y humor. Mucho humor, que fue lo que los tres hermanos elegimos como inspiración: Quino, Woody Allen y Groucho Marx a la cabeza. Pero también la Revista Humor, Sex Humor y Satiricón. Con mis hermanos  nos peleábamos por buscarlas del quiosco de la otra cuadra cada semana, como por leer primeros la Revista River o el diario La Nación, que religiosamente llegaba a la puerta de casa en las mañanas. En otras casas, lo que los padres transmitían a los hijos era que «piola es el que tiene guita». En casa, lo que había que hacer era ir a la universidad. A la UBA, más precisamente. No importaba qué, pero había que estudiar. Ese era el mandato familiar que, por supuesto, cumplimos los tres hijos.

Duelo sin dolor

En tiempos en los que se ven y escuchan aberraciones de todo tipo, que por lo general tienen que ver con la pobre educación, me encuentro escribiendo estas líneas, repasando los valores que me transmitieron en casa. Muchas veces me veo, pienso en todo lo que pude ser y hacer, el modelo que me transmitieron mis padres, y pienso que podría ser mucho mejor persona de la que soy. Pero por otro lado, creo que las cosas fueron bastante bien.

Hay muchas cosas que marcan quién soy hoy, mi estilo, mi personalidad, y seguramente gran parte de ellas tienen que ver con lo que «mamé» en casa.

En esta especie de «duelo sin dolor», como le llamo a esta catarsis que uno puede hacer sin el llanto de la pérdida, pero sí con la lágrima de la emoción, me acuerdo de mi viejo y no me sale otra cosa que decir «Gracias». Tuve la suerte de tener un papá fantástico: honesto, sencillo, simple, culto, curioso, cariñoso a su manera, preocupado por el bienestar de todos. Un gran tipo.

Por suerte todavía puedo disfrutar hablar todos los días con mi mamá, y entender porqué después de perder a su marido y poco más de 50 años, ella decidió no volver a formar pareja.

«No habrá otro igual», dice siempre. Y tiene razón.

 

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