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Las traducciones – Leo Mames: un lugar para recordarlo

Las traducciones

mark creditos mames

Cuando algún nene me preguntaba qué hacía mi papá, yo le respondía sin dudar “Es músico y traductor”, en ese orden. Quizás era una respuesta rara para la mayoría de los chicos, o al menos nunca me pasó que alguno me diga “el mío también”.

Quienes conocieron a mi papá, escucharon mucho más de su recorrido por el mundo de la música que el de las traducciones, pero es igualmente impactante lo que hizo por aquél lado. Como comenté en la historia pasada, su lengua materna era el alemán, pero tenía un castellano perfecto. No solo no tenía acento alemán (aunque lo sabía usar “en caso de emergencia”, para reírse de algún “ieke”), sino que conocía muchas más palabras que el promedio de los hispanoparlantes. También sabía lunfardo: en casa teníamos un diccionario “lunfardo – castellano”, toda una rareza ahora que lo pienso, pero naturalizado como un libro normal de la biblioteca.

No era sólo bilingüe en esos dos idiomas, sino que manejaba perfectamente el inglés, francés, italiano y por supuesto el idish, idioma que usaba con mi mamá para que no entendiéramos lo que decían. Hablaba algo de portugués, de hebreo creo que muy poco. Su facilidad para los idiomas era admirable: tenía la combinación de sus “mapas mentales”, su memoria prodigiosa y un muy buen oído, que le permitía pronunciar como un nativo la mayoría de las lenguas que hablaba. De hecho, cuando viajó a Francia se topo con alguien que, luego de una conversación, le preguntó “Vous êtes Canadien?”

Cuando le preguntaban dónde había estudiado idiomas, él no sabía bien qué contestar. Me acuerdo que decía que había aprendido italiano “por la ópera”, como si escuchar mucha ópera (o incluso interpretar su música) fuese suficiente razón para hablar el idioma. Le creo que aprendió de ahí, aunque sea algo de no creer.

La riqueza en el manejo de los idiomas le abrió las puertas para hacer traducciones. Se dedicaba sobre todo al alemán, pero también tradujo del inglés. Sin querer (o mejor dicho, por su facilidad) se empezó a especializar en textos áridos de filosofía, que provenían mayoritariamente de Alemania y estaban escritos en ese idioma. Theodor Adorno, que era filósofo y también musicólogo, fue uno de ellos. También Rosa Luxemburgo, una conocida escritora y teórica marxista, o Thomas Mann. Para la misma época, habiendo ya entrado en el circuito de la traducción “complicada”, le encargaron traducir del alemán (cotejando con el inglés) “El Capital” de Marx, que publicó editorial Sudamericana.

En la época de los militares no era sencillo traducir textos de contenido marxista, más bien diría que era jugarse la cabeza. Mi papá lo hacía con pseudónimos, a escondidas. Se pagaba muy bien porque nadie lo quería hacer, era difícil y comprometido. El tenía los atributos para hacerlo, porque no sólo había que saber el idioma, sino entender de qué se estaba hablando.

La mecánica de la traducción era particular: la editorial le entregaba el libro original en inglés y en alemán, él cotejaba ambas versiones e iba traduciendo en simultáneo al castellano, a máquina. Cuando terminaba capítulos, iba haciendo entregas parciales para que los correctores de estilo hiciesen su trabajo. Como no había mail, la entrega era personal. Mi papá conservaba el duplicado en carbónico y entregaba los originales.

Para los casos comprometidos como los de las traducciones de Marx, Engels o Luxemburgo, se encontraba con su “contacto” en un lugar perdido en General Rodríguez. Cuando tenía que remitir por correo, ponía en el remitente su pseudónimo “Cora Anglais”, una alusión a “Corno Inglés”, el instrumento que tocaba. Su dirección falsa también tenía una cuota de ironía: era en la calle Salta al 100, donde había una santería.

En particular para el caso de Marx, tuvo mucha suerte. Uno de los traductores del equipo terminó desaparecido y otro de ellos debió exiliarse a Uruguay o España, no recuerdo bien. A mi papá nunca lo descubrieron. En casa, tenía un escondite en un falso techo, donde guardaba el material comprometedor.

Comparto algunas fotos de algunos de esos ejemplares editados.

En total, tradujo nada menos que unos 65 libros, sin contar artículos breves o textos más sencillos. Lo más saliente fue lo de Marx que mencioné más arriba y las obras completas de Sigmund Freud, que nunca fueron publicadas con su versión y su nombre, creo que para editorial Nueva Visión. Llegó a hacer (y le pagaron) más o menos hasta la mitad de su obra. Esta es una historia larga que voy a contar en otra entrega. Por mi interés en el tema y mis posteriores estudios universitarios, tuve la oportunidad de charlar con él mucho sobre esto. Imaginen que mientras cursaba la carrera de psicología, tenía al traductor de Freud en casa por cualquier consulta. Ojo, no siempre resultó una ventaja.

Las traducciones le permitieron formarse en psicología, sociología, filosofía, economía, política entre otras tantas disciplinas. Estudiaba los temas para traducir adecuadamente los textos, con lo cual desarrolló una cultura general muy amplia, diversa y también profunda.

A mi y a mis hermanos nos ayudó muchísimo con nuestra redacción, desde la primaria. Aprendimos a leer de muy chicos (Daniel Mames a los 3 años,Gus Mames y yo más «normales» a los 5). Era implacable con las correcciones. Los textos salían todos marcados, aprendimos un montón de sus consejos y señalamientos. Los tres desarrollamos habilidad y gusto por escribir, hecho que a veces damos por obvio como si todos hubiesen tenido el mismo maestro en casa.

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