Las Obras Completas de Freud, versión Mames

En los años ‘50 se respiraba Psicoanálisis en Buenos Aires. Era una de las ciudades del mundo donde más habían prendido las teorías de Freud. Era una ciudad “europea”, tenía mucha influencia de la cultura del Viejo Continente. Si bien las cosas cambiaron mucho en estos últimos 60 años, aún hoy Buenos Aires y París siguen siendo los bastiones en donde sobrevive el Psicoanálisis.
Mi papá había heredado su inquietud intelectual de su tío Pedro (o Yankl, en idish). Era un hombre que había nacido un poco antes del 1900 y era el mayor de los cinco hermanos Krill (uno de ellos era la mamá de mi papá). Esa rama de la familia escapó de la incipiente guerra de Europa vía Panamá, luego se instalaron por poco tiempo en Bolivia para buscar destino en Sudamérica. Las dos hermanas mujeres fueron a Sao Paulo, los dos hombres se instalaron en Montevideo y mi abuela se mudó con su marido y sus dos hijos a Buenos Aires. Lo curioso es que los dos hermanos varones no tuvieron descendencia: Pedro nunca se casó y Adi, el menor de los cinco, lo hizo pero no tuvo hijos. No nos quedó familia en Uruguay ni nadie que conserve el apellido.
Adi y Pedro eran los dos tíos varones de mi papá. El más joven había logrado hacer mucho dinero con una fábrica textil, que desarrolló con gran habilidad comercial, mientras que Pedro se dedicó a cultivarse intelectualmente. Eran como Dr. Jekyll y Mr. Hyde: uno era la antítesis del otro. Alguna parte de la familia, viendo que el “Tío Rico” no había tenido hijos, se volcó interesadamente a mostrarle su favoritismo. Mi papá, desde el primer día, se sintió atraído por Pedro, su tío intelectual. Despreciaba las actitudes arrogantes de Adi, no le interesaba su dinero. Llegó a compararlo con el Sr. Burns, el anciano, solitario y narcisita multimillonario de Los Simpsons. Sin que nadie lo sepa y fiel a su estilo del humor, rebautizó a su tío “Montgomery Krill”.

A Adi nunca le cayó bien ese favoritismo de mi papá por Pedro. Varias veces le ofreció hacer negocios y dinero con él, pero mi papá siempre lo rechazó. El hecho es que Adi murió hace pocos años, con más de 90 de edad, en completa soledad y con millones de dólares que no le dejó a nadie más que a una fundación que lleva su nombre. Hasta se ocupó de encargar su propio monumento de mármol, con la fecha “a completar”, sabiendo que nadie lo haría por él cuando se muera. Su hermano, en cambio, falleció mucho antes (era bastante mayor que Adi) y aún hoy goza de nuestro recuerdo y homenaje.
Pedro vivía en la calle Blandengues y Porongos, en Montevideo, una dirección demasiado inolvidable para cualquier niño con la mínima picardía (adjunto la imagen del mapa para los incrédulos). Lástima que Street View todavía no llegó por allí, me hubiera gustado ver cómo es esa esquina de nombre tan poco sexualmente promisorio.
Como dije, su tío era un gran lector y también estaba comprometido ideológica y políticamente. Uno de los libros que leyó, lo conservo en mi casa de recuerdo (adjunto la foto). Era una versión en castellano de “El Capital” de Marx, editado de 1949, que él había desencuadernado para leer por partes y a escondidas entre los diarios, ya que estaba prohibido en su país. Esta historia les sonará familiar si leyeron la de las traducciones de mi papá.
Pedro llegó a leer a Freud contemporáneamente. Sí, como lo cuento, mientras Freud aún vivía. El padre del psicoanálisis murió en 1939 y Pedro sería un hombre de unos 35 o 40 años cuando leía sus escritos, directo del alemán. Esto ocurría en Europa, donde vivía toda la familia. Era todo un adelantado.
Para leer a Freud en español, la versión disponible hasta ese momento era la de López Ballesteros, su primer traductor al castellano. Él era un español contemporáneo de Freud, que tuvo la suerte de recibir una carta de felicitación del mismísimo Freud por su «excelente trabajo de interpretación». Freud sabía leer en español, pero probablemente lo halagó para quedar bien. López Ballesteros tenía una carta de presentación fenomenal para avalar su versión.
Ya en Buenos Aires y con los años, los miembros de la APA (Asociación Psicoanalítica Argentina), una institución de mucho peso en aquél momento, cuestionaron su trabajo. La comunidad psicoanalítica de Buenos Aires había llegado a un consenso y era que debían hacer una nueva traducción de Freud, basándose en los textos originales en alemán, pero cotejando con la traducción más aceptada al inglés, que pertenecía a James Strachey, quien fue su traductor y además era psicoanalista. Los derechos de la publicación en aquél momento pertenecían a una editorial pequeña que si no me equivoco era Nueva Visión o Americana, eso no lo recuerdo bien.

El trabajo iba a ser conjunto entre la editorial – que poseía los derechos – y la APA, que «sabía de psicoanálisis». La versión traducida sería corregida y avalada finalmente por la APA, para garantizar que lo que se presentaba era “lo que realmente Freud había querido decir”. Los psicólogos sabrán por qué lo puse entre comillas, quienes no lo sean por favor agréguenle ironía a la pronunciación.
La APA ponía como condición que el traductor supiese alemán e inglés, para cotejar las versiones. Además, no debía haberse psicoanalizado nunca, una inexplicable y casi caprichosa limitación. Buscaban una “rara avis”. Sin embargo, había candidatos a traducir la obra y uno de ellos era mi papá. Ni bien empezó el trabajo, los demás fueron quedando en el camino, como los indiecitos del cuento. Quedó finalmente sólo mi papá, tozudo como era, que avanzaba mientras le pagaban (y muy bien) por su trabajo. Ese dinero lo destinó en gran parte a comprar el departamento de M. T. de Alvear, donde nos mudamos en 1972. Interesante reflexión hizo en su momento: mientras mucha gente se lamentaba por haber invertido sumas dinero en psicoanálisis “como para comprar un departamento”, mi papá se había comprado un departamento justamente gracias al psicoanálisis. ¡¿Y después dicen que el psicoanálisis no sirve?!
La revisión de las traducciones la tuvo a mi mamá como su asistente: ella leía la versión de López Ballesteros mientras mi papá comparaba lo que él había escrito directo del alemán y cotejaba con la versión de Strachey. Las sorpresas que se llevaron fueron mayúsculas: la única versión en español existente hasta el momento tenía muchísimos errores de interpretación, más de los tolerables. No se trataba de interpretaciones menores o juegos de palabra, sino de desvíos que cambiaban el sentido de las frases. La gente de la APA tenía razón en no validar la versión de López Ballesteros. En algunas ocasiones, faltaban oraciones y hasta párrafos enteros.
Uno puede imaginarse lo que hubiese significado para la carrera de mi papá que la versión «posta» de Freud en castellano se publique con su nombre. Pensar que pude haber escuchado a un profesor diciendo: “Usen la versión Mames, no la de López Ballesteros” en lugar de la actual “Amorrortu”. Hubiese sido raro para mí, por otra parte, para qué negarlo. Sin embargo, eso nunca ocurrió porque la versión de mi papá nunca se publicó, o no se publicó con su nombre al menos.
Mientras él traducía, entregaba y cobraba, la APA debía designar un comité para revisar la traducción. Luego de varias idas y venidas (y algunos divismos propios de su “club”) terminaron informando que sus honorarios eran de 50 dólares la “sesión”, lo cual encarecía tanto el costo total del trabajo que arruinaban el negocio editorial. Las traducciones se frenaron hacia la mitad de las obras, quedaron varadas un tiempo hasta que esta editorial vendió los derechos a Amorrortu, que publicó los libritos verdes que hoy vemos por todos lados. El traductor fue José Luis Etcheverry, que no trascendió en el ambiente psi.
La sospecha que tuvo mi papá, nunca confirmada, fue que cuando vendieron los derechos lo hicieron con sus originales ya traducidos. Lo pensó porque los primeros tomos salieron más rápido que los que le siguieron. Su hipótesis era que fueron revisados por el nuevo traductor y utilizados como base, aunque nunca le restó méritos al nuevo traductor. Había cambios en la versión publicada respecto de lo que él había propuesto, suficientes para no considerar que se trataba de la misma versión. Uno de los cambios era clave: la traducción de la palabra “instinkt”, que en alemán es literalmente “instinto” y que luego se cambió por “pusión”. Los psicólogos, nuevamente, saben de lo que les estoy hablando.
Cuando mi papá me contó esta historia, me pareció francamente increíble. Cuando estudié luego esos textos, me pareció más increíble aún, porque en la facultad anduve buscando exégetas que me expliquen de qué demonios estaba hablando Freud en sus valiosos y complejos textos… ¿cómo había hecho él para traducirlos sin que nadie se los explique primero?
La Obras Completas de Freud, versión Mames, nunca salieron a la luz pero quedaron en mi memoria y en la historia que les acabo de contar. También quedaron, en alguna importante proporción, invertidas en los ladrillos del departamento de M. T. de Alvear, donde pasé tantos años felices junto a mi familia.