Borges, nuestro vecino

Toda mi infancia y adolescencia viví en la misma casa, de la calle M. T. de Alvear, donde aún sigue viviendo mi mamá. Pero no todo el mundo sabe que esa no fue la única casa donde viví, ya que nos mudamos allí en 1972, cuando yo tenía un año. Mi casa natal fue en la Av. Belgrano casi San José, en un 7° piso, donde mi hermano mayor logró entrar porque mis padres vendieron el piano, pero que no iba a poder albergar a los inquietos mellizos que se sumaron luego.
En ese departamento (cuya foto de Street View comparto, creo que es ese edificio, aún en pie) vivía nada menos que Jorge Luis Borges, en el piso de arriba. Mi papá era un gran lector y por supuesto admirador de su obra. Se lo cruzaba frecuentemente, como cualquier vecino, cuando Borges ya era una celebridad. Hay varias anécdotas de esa época, como una vez que salieron juntos del edificio y Borges, que ya estaba ciego, lo tomó del brazo y se lo llevó hacia la izquierda, camino a la 9 de Julio, sin emitir palabra. Caminaron del brazo en silencio por Belgrano, vereda impar, desde San José hacia Bernardo de Irigoyen. Una vez que cruzaron «la avenida más ancha de mundo», le soltó el brazo y siguió su camino, sin más explicaciones.
Borges tenía un tipo de humor muy particular. Me contó mi papá que una vez estaba en la panadería del barrio e ingresó Borges. Se dirigió directamente al fondo del local, mientras todas las vecinas se abrían paso para permitirle llegar al mostrador. Al ser atendido, solicitó a la vendedora un budín inglés y se quedó a la espera de que le preparen su pedido.
Una vecina se animó a preguntarle:
– Señor Borges, ¿a Ud. le gusta el budín inglés?
– Sí, señora – le respondió, y completó – “Me alimento exclusivamente de budín inglés”.
Luego pagó y se fue. A mi papá se le dibujó una mueca, una leve sonrisa, cuando me contó la anécdota y supongo que en aquél momento también. Quizás fue el único socio que tuvo Borges en la ironía.
Una vez, en un viaje casual en el ascensor, Borges se encontró con mi mamá, que estaba con Daniel en brazos. Recibió un efusivo “Qué lindo nene!” en obvia referencia a las cualidades estéticas de mi hermano. Una nueva ironía borgiana. Será un halago que mi hermano podrá guardar para siempre: puede decir con orgullo: “Borges dijo que soy lindo”, lo cual representa toda una opinión calificada.
Una de las anécdotas más graciosas que me contó mi papá fue precisamente sobre Borges, pero no con él sino con unos vecinos, los Barbato, que vivían en el 9° piso. Marta y Nicolás – así se llamaban – tenían más o menos la edad de mis padres, menores todos ellos que Borges que ya orillaba los 70.
Una vez, estos vecinos se encontraban en su casa, en un momento íntimo, cuando escucharon ruidos en la cerradura. Temiendo que fuese algún intruso, ella se tapó como pudo mientras él tomó un objeto contundente para golpear al presunto ladrón. Al llegar a la puerta de entrada, notaron que era Borges, que ingresó a los tumbos con su propia llave al departamento equivocado. Mientras Nicolás le hizo notar el error, Marta se relajó porque se había extinguido el doble peligro de que la asalten y de que la viesen desnuda. Borges sólo atinó a decir “Con razón la llave entraba con cierta dificultad”, se dio media vuelta y se fue a su casa. Si alguien te va a interrumpir en el mejor momento, qué honor que sea una figura como Borges, no?
La última de la serie de historias con Borges que recuerdo fue una vez que mi papá estuvo en su departamento. No sé por qué razón estaba ahí, pero era la casa de Borges. Me lo describió como un lugar oscuro, o al menos yo me hice esa escena, con pilas de libros por todos lados. En un momento, en un descuido, mi papá tomó un libro de una pila que tenía allí muchos ejemplares repetidos y se lo llevó. Mi papá era muy cumplidor de las leyes y las normas, no sé si recuerdo alguna otra cosa ilegal que hubiese hecho en su vida, pero parece que en esta ocasión ni lo dudó. Era como robarle un dulce a un niño (o un libro a un ciego). Lo interesante fue que después quiso volver para pedir que se lo autografíe -una ironía borgiana, casi en su honor- pero no tuvo la oportunidad. Borges se mudó al poco tiempo, de un día para el otro, en circunstancias que ahora voy a relatar. Ese libro todavía está en la casa de mi mamá, en algún lado, sin la firma del autor pero con la historia detrás: era “un libro de Borges, de Borges». Como diría mi papá, de Borges al cuadrado.
La anécdota de cómo se fue de esa casa también es digna de contar, y así cierro mi primera historia sobre mi papá. El vecino ilustre se había casado en 1967 con Elsa, un amor de su juventud, y vivieron juntos unos pocos y tormentosos años. Su relación no era buena, más bien era malísima, intolerable. Se separaron tres años más tarde. La manera que eligió Borges de irse de su casa fue decirle a su esposa que iba a recibir a un embajador y que prepare una recepción para una cantidad importante de personas. Cuando sonó el timbre, no era ningún embajador ni ninguna comitiva, sino un camión de mudanzas. Se llevó sus cosas y dejó la Av. Belgrano, casi San José, para siempre. Mi papá se quedó sin el autógrafo del libro y sin el vecino envidiable.